Siempre me fue curioso el ambiente que generan las luminarias de esos lugares infestados por la maldad, por la corrupción en su estado más puro. El hecho es que nunca pude ser un verdadero expectador, siempre me sentí una presa demasiado fácil en esos lugares, el Indio en cambio parecía estar ajeno a todo. Decidí buscar refugio en una zona más iluminada y de pura casualidad dí con el personaje en cuestión. Lo vi a través de la vitrina de un café de esquina de esos que sobran en la capital, se encontraba acompañado por una dama que rondaba su edad mas alguna que otra tragedia de las que dejan marcas en la piel y que el maquillaje intenta, pero no puede ocultar. Se miraban fijo a los ojos, haciendo gestos de condescendencia y dibujando sonrisas apenas amigables que decoraban lo que parecía un encuentro incómodo entre extraños conocidos. Se lo veía vulnerable, sin gafas, mirando hacia abajo buscando una salida de emergencia de esa prisión imaginaria que es la cortesía. Me quedé esperando, y luego de una cantidad considerable de tabaco lo vi solo, saliendo por la puerta del bar mientras se colocaba los rayban negros. Su actitud había cambiado, este era definitivamente el Indio. Paso por mi lado sin saludar y caminó a paso acelerado buscando encontrarse con la Noche, algunas calles adentro.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Indio, ¿dónde estás?
Caminando un par de calles solía encontrarlo solo, bebiendo, bañado por el mercurio y el neón de alguna de esas lámparas urbanas que oscurecen más de lo que alumbran. Pero no era ésta una de esas veces.
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